Ya con la banda presidencial al pecho, Andrés Manuel López Obrador siguió siendo López Obrador.

En su primer mensaje a la Nación como Presidente de la República, desde la Cámara de Diputados, López Obrador arengó, denunció, confrontó a sus opositores, arremetió contra el modelo económico neoliberal y repitió la mayoría de las promesas que hizo en campaña.

Quienes esperaban un López Obrador moderado ya como Presidente se quedaron esperando.

Cuando la bancada panista levantó cartulinas exigiendo que baje la gasolina, el Presidente les respondió de frente y claro: “ahora resulta que quienes aprobaron el gasolinazo me piden que baje la gasolina”.

Lo mismo ocurrió cuando panistas, perredistas y tres legisladores independientes del grupo AHORA le exigieron juicio a Peña Nieto y que no haya perdón ni olvido.

Con Enrique Peña Nieto a su lado, López Obrador aseguró que no habrá persecución ni circo ni simulación.

Cuando las bancadas sentadas a su derecha hicieron un pase de lista por los normalistas de Ayotzinapa, contando del 1 al 43, López Obrador los enfrió anunciando la comisión que investigará el caso desde el primer día de su Gobierno.

No dio tregua el nuevo Presidente a sus opositores, los mismos a quienes combatió en los últimos 18 años.

Los llamó conservadores e hipócritas, y acusó al modelo neoliberal de todos los males de México: pobreza, corrupción, violencia e inseguridad.

Cuando los panistas levantaban sus cartones exigiendo que baje el IVA, López Obrador les recordó que en los sexenios de Vicente Fox y Felipe Calderón México recibió recursos extraordinarios de la renta petrolera, y éstos se fueron “por el caño de la corrupción”.

Frente a los gritos de la derecha, los de Morena, la bancada mayoritaria, aplaudían, sacaban pañuelos blancos y colocaban una manta a los pies de la tribuna: “Andrés Manuel López Obrador, Presidente de la Cuarta Transformación”.

En medio de aquel intercambio de protestas y porras, el Presidente saliente sólo miraba.

Enrique Peña Nieto tuvo que escuchar el discurso de AMLO a dos asientos de él.

Porfirio Muñoz Ledo, Presidente de la Cámara, y tres metros, separaban a Peña Nieto de López Obrador, quien arremetió sin clemencia contra su Gobierno.

Ya sin la banda presidencial, el priista escuchó cómo AMLO recitaba cifras y argumentos sobre el desastre que le entregan: crisis en seguridad y violencia, corrupción rampante, una reforma energética que fracasó, una reforma educativa que se va a echar para atrás en los próximos meses, saqueos y abusos, millones de ninis.

“La vergonzosa situación en la que nos encontramos”, resumió.

Peña sólo movía la cabeza, se llevaba la mano a la frente, se secaba el sudor, miraba al frente y brindaba unos cuantos aplausos, muy pocos, ante algunas frases que escuchaba, como cuando López Obrador enunció en una frase su misión de los próximos años: “acabar con la corrupción y la impunidad”.

Mientras la Oposición le gritaba al tabasqueño por “perdonar” a Peña, el ex Mandatario se convertía en una estatua, y López Obrador ofrecía que desde la Presidencia no se iniciará proceso alguno contra sus antecesores.

Pero, cuando Peña parecía respirar con alivio, el Presidente aclaraba que, en última instancia, será el pueblo el que decida, pues también eso, la investigación a los ex Presidentes, será consultado al pueblo.

Al Presidente saliente también le tocó escuchar cómo López Obrador anunciaba que el lunes será vendido el avión presidencial TP-01, comprado por Calderón, pero sólo utilizado por Peña Nieto.

El priista aplaudió cuando el Presidente hizo una larga defensa del Ejército mexicano, pero se quedó estático cuando anunció a los diputados y senadores que, desde ese momento, la residencia oficial de Los Pinos estaba ya abierta al público.

El primer mensaje presidencial duró más de una hora, y en él aprovechó para explicar su plan de seguridad, y argumentar que la Guardia Nacional, bajo mando militar, es una medida necesaria.

En su defensa a las Fuerzas Armadas, López Obrador aseguró que son un ejército revolucionario, emanado del pueblo, y que nunca ha caído en la tentación del golpe militar.

En las curules, panistas, perredistas, legisladores de MC y de AHORA se agitaban; levantaban la voz, se levantaban y se volvían a sentar.

Andrés Manuel López Obrador los volteaba a ver, los dejaba gritar, los escuchaba y les respondía.

Más de una hora después de iniciar su primer discurso en “la máxima tribuna de la Nación”, les prometió que no se va a reelegir, de ninguna manera.

También anunció que al tercer año se someterá a una consulta de revocación de mandato, ante lo cual los panistas volvieron a la protesta, esta vez con cartones en los que se leía: “democracia sí, autoritarismo no”.

Acostumbrado al vendaval, López Obrador siguió leyendo su largo discurso, sin bajar el tono ni perder el hilo.

El discurso que soñó leer desde hace al menos 12 años, en su primera campaña presidencial, duró una hora con 18 minutos.

Casi al final, saludó a los Mandatarios y representantes de países vecinos y amigos que acudieron a presenciar la toma de posesión.

Entre otros, mencionó a Lenin Moreno, Evo Morales, el Rey Felipe de España, Michael Pence, Ivanka Trump y Nicolás Maduro.

Cuando mencionó al venezolano, los gritos se reanudaron en la bancada panista, que desde el inicio de la sesión ya había colgado una manta azul con el retrato del sucesor de Hugo Chávez y la consigna “Maduro no eres bienvenido”.

Mientras López Obrador tomaba aire, como dejando que los panistas hicieran su anunciada protesta, la manta de Maduro fue colocada al frente del recinto, debajo de la tribuna.

Pero, nuevamente, el episodio duró apenas un minuto, pues el Presidente siguió leyendo e improvisando.

Al final del discurso, contó que en la mañana, camino de su casa al Congreso, un joven en bicicleta lo alcanzó, se acercó a su auto y le dijo: “usted no tiene derecho a fallarnos”.

Con esa frase, el Presidente marcó el final de su discurso y el inicio de su sexenio, el de la Cuarta Transformación.

Doce años después de intentarlo por primera vez, Andrés Manuel López Obrador dijo, desde la máxima tribuna de la Nación, lo que aquel joven le pidió sobre una avenida de la Ciudad de México: “No tengo derecho a fallar”.

Con información de Grupo Reforma

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