El guardián del tiempo

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Por Luis Ernesto Salomón Delgado, catedrático e investigador de la UdeG

Venía más allá del tiempo para contarnos historias épicas; lo hacía con gracia y precisión. Dotado de un sentido puntual y específico de las circunstancias de cada día cuidaba del recto proceder civil emitiendo siempre una punto de vista constructivo.

Enemigo de la egolatría y la falsedad procuraba la virtud como sistema. Tenía una novia en Sevilla que al final se levantaba vigilante entre la catedral. Saber que la elegida era la Giralda pone de relieve el cariño que se puede tener a las personas de otras tierras, a los hechos, los recuerdos y los afectos. Así como la torre se levanta vigilante del ser y hacer de Sevilla, Enrique Varela Vázquez vino más allá del tiempo para levantarse humildemente como una sólida esfinge, a la vez sólida y cariñosa, para cuidar Guadalajara y dar cuenta de los sucesos con su admirable forma de recrearnos con su memoria prodigiosa y su curiosidad innata.

No es fácil guardar los valores de una comunidad que ha luchado por mantener la tradición del diálogo, del acuerdo construido a partir del amor al prójimo. Vino de más allá y se marchó hacia allá, con la elegante sobriedad que le caracterizaba. Se ha marchado el hombre bueno que al largo de su vida se erigió sin proponérselo en un símbolo para varias generaciones, que recibimos la sensibilidad de su afecto y la grandeza de su ejemplo.

Aquel que identificó claramente los valores de la ciudad, aquellos que no se arrugan con el tiempo y se mantienen erectos como testimonios de una grandeza evocada en el pasado e ilusionada del futuro como la de Guadalajara. Quién con su actuar en bien de la Patria, de Jalisco y de la ciudad dejó una huella que merece ser conservada, difundida y presumida.

Su conocimiento del actuar de los de su tiempo le permitía hablar con autoridad moral de los asuntos de Estado, de la Iglesia, de las decisiones políticas, como de la vida cotidiana de la ciudad que custodiaba. Ha quedado el hueco del insustituible vigilante y junto a él su obra. Habrá que recoger sus palabras y rehacer sus conversaciones para retomar el rumbo, cuando la discordia parece apropiarse del discurso público, haciendo caso omiso a las frases esculpidas en el teatro.

Ahora que los rumores huecos que buscan manipular razones y sentimientos para obtener poder y riqueza, cuanta falta va hacer la voz del guardián del bien común que se ha marchado. Habría que guardar ese criterio de mesura en algún recipiente para darlo a muchos que lo necesitan.

La identidad de los valores a los que Don Enrique dedicó su vida son y serán ejemplo para muchos otros que seguramente seguirán convencidos en defenderlos, a pesar que ahora mismo eso parezca una quimera.

Valgan las palabras para rendir homenaje a quien vino y se fue de más allá del tiempo.

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