La hora de Venezuela

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Por: Luis Ernesto Salomón Delgado, catedrático e investigador de la UdeG

Ver a Venezuela por los ojos de sus jóvenes puede ser la mejor forma de entender la crisis que vive la nación sudamericana desde hace meses.
En los barrios marginales de Caracas han crecido miles de chicos bajo la influencia de la Revolución Bolivariana que creó una narrativa de acción social para salvar a la gente humilde.

A partir de 2003 y hasta 2012 aquel país recibió enormes beneficios derivados de la exportación petrolera y los altos precios del crudo. Entonces, los muchachos del barrio de El Valle se ilusionaron con las propuestas socialistas y se enrolaron en los programas del partido de Hugo Chávez, el comandante de la Revolución.

Una enorme maquinaria electoral funcionó de forma continua, al grado que las elecciones y consultas se sucedían cada seis meses. El activismo social era un factor motivador para estos jóvenes que trabajaban en un pequeño supermercado. Los días de elecciones se sentían llamados por el fervor patrio que los movía a votar y promover el voto en favor de sus líderes bolivarianos.

Javier y Juan para entonces ya habían dejado su trabajo en el comercio y se enrolaron en un programa de promotores pagados por el Gobierno. La súbita enfermedad y luego muerte de Chávez en 2013 se conjugó con el inicio de una profunda crisis derivada de la caída de los ingresos petroleros.

En ese contexto Maduro asumió el poder y en los meses siguientes la situación empeoró por lo que muchos de los programas sociales se quedaron sin presupuesto suficiente. En ese momento se recortaron algunos subsidios a alimentos y otros beneficios lo que produjo la inconformidad de muchos jóvenes como Javier, quienes comenzaron a añorar los tiempos de Chávez.

Ante el riesgo del descontento, Maduro optó por echar a andar la máquina de imprimir dinero y provocó el fenómeno de hiperinflación más grande en nuestro tiempo. Frenó las importaciones para evitar la sangría de divisas y con ello paralizó la industria local.

El círculo vicioso se había iniciado: decidió el control absoluto del cambio de divisas y del sistema financiero lo que agravó la baja en la producción general e inició el aislamiento de Venezuela. En pocos meses la corrupción, la pobreza y el hambre habían llegado a El Valle donde aún vivían Javier y Juan, quienes dejaron de recibir los ingresos como promotores sociales.

Se buscaron la vida vendiendo plátanos y yuca que sus familiares enviaban en una vieja camioneta desde los suburbios de Maracaibo. Ahora, cuando había elecciones ya no les hervía la sangre con el fervor patrio, veían la ocasión de vender un poco más en la tienda que improvisaron en el portal vacío de su casa. Cuando escuchaban los resultados se miraban entre sí indiferentes.

Ernesto, el primo dos años mayor, los llamó por teléfono una noche para contarles cómo él había llevado a su familia hacia Cúcuta, en Colombia, y de ahí se internó para buscarse la vida. Vivía ahora en Bosconia, en una finca ganadera y sus hijos ya iban a la escuela. Se había marchado el año anterior. Fue de los primeros, ahora más de tres millones han decidido marcharse.

Luego de la llamada, también consideraron marcharse, pero los detiene la obligación con sus padres y hermanos menores. Ante las filas de personas esperando por horas para comparar leche, arroz y harina a precios accesibles y la especulación que los vende en las esquinas a 10 veces el precio, poco queda del trabajo ideológico que los marcó como hijos de la Revolución.

Algunos de sus amigos han caído en las drogas y la delincuencia, y los asechan con propuestas de puertas falsas. Ahora la agitación política es un tema secundario, lo primero es comer, porque muchos no lo hacen como se debe, dice Javier a su hermano Juan.

Pero la rabia se expande como la sombra de las nubes antes de la tormenta. Más aun cuando se pone en evidencia la manipulación de programas como los Comités Locales de Producción y Provisión de Alimentos (Palmadas), en el cual personas como Javier y Juan son elegibles para recibir una provisión mensual de alimentos y otros beneficios, siempre y cuando se registren para la Tarjeta de la Patria, cuya información luego los funcionarios utilizan para rastrear la participación en la votación.

Las cajas de palmadas suelen llegar tarde y medio vacías, pero durante las temporadas electorales, están llenas y los destinatarios reciben mensajes de texto de representantes locales como “Amor con amor se paga”.

Desde la primavera del año pasado la abstención electoral creció en las barriadas pobres que comenzaron a cambiar su humor respecto a los programas oficiales, y ahí comenzó el proceso que ha llegado ahora a su punto culminante. Ahora Javier está rabioso contra el Gobierno, no cree más en Maduro. Recibe los beneficios, pero no actúa en consecuencia como en años anteriores. La oposición ha ganado fuerza en ese contexto y ha recurrido a la ayuda internacional.

La situación de emergencia humanitaria por falta de alimentos y medicinas se ha convertido en un medio para tomar el poder. El principio esencial de la ayuda humanitaria en un conflicto es la neutralidad y en este caso no la hay, la situación parece encaminase a la violencia. Los Estados Unidos han tomado partido y puesto prácticamente un ultimátum; mientras Maduro, quien tiene el control militar sobre alimentos y medicinas, ha ordenado cerrar la frontera e impedir la entrada de ayuda.

Guaidó, el presidente autoproclamado que cuenta con el respaldo de Estados Unidos y de gran parte de la comunidad internacional, ha desafiado las medidas de Maduro. Las primeras balas se han disparado en la zona fronteriza y las víctimas aparecen como presagio de que la hora de la verdad ha llegado.

Javier y Juan esperan impacientes: han tomado partido contra el Gobierno. La acción política debiera imponerse ante una escalada destructiva que sólo traería más pobreza a una nación hermana. Más allá de las cuestiones políticas, la hora de Venezuela ha llegado, la ruptura entre la población y el Gobierno se produjo antes, cuando los muchachos de El Valle dejaron de creer; ahora sólo resta que se imponga la razón y la buena fe en un teatro de operaciones sobrevolado por buitres que esperan la hora del festín.

Esperemos que la política impida la violencia para que Javier y Juan no sean más las víctimas.

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