De la inconformidad liberal

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Por: Dr. Luis Ernesto Salomón Delgado, catedrático e investigador de la UdeG

El espectro de la agitación recorre el mundo. Es como aquel fantasma del que habla el primer párrafo del Manifiesto Comunista, o como las olas de las invasiones bárbaras del Norte al final de la antigüedad. Desde Hong Kong hasta los antiguos territorios persas, en Europa y América miles de personas han decidido tomar las calles para expresarse. No se trata de un movimiento religioso, ético o ideológico en sí mismo, sino la forma de exponer una inconformidad. En Francia, por ejemplo, una de las naciones con mayor desarrollo del estado de bienestar el malestar parece endémico, mientras en Chile, la nación que mejores indicadores tiene en el combate a la pobreza en Latinoamérica se detonó una movilización sin precedentes, o en Irán se movilizan las mujeres, mientras que en Hong Kong, una de las regiones más desarrolladas del mundo estalla la juventud bajo las sombrillas.

Lo que tienen en común estos movimientos es la enorme presión que la población siente ante el cumplimiento de las metas y las expectativas que se construyen en las naciones, las comunidades, las familias y en cada persona. Al final de cada día, mes o año la evaluación de los resultados genera una dosis de ansiedad parecida a la que tiene cada vecino. Esto es independiente incluso de la posición social o el nivel de bienestar alcanzado. En buena medida es una manifestación de indignación ante el cultivo del eficientismo de los resultados como mecanismo para incentivar las actividades productivas. O aún más allá a la dependencia del dinero como sistema de avance social.

Los gobernantes se encuentran perplejos ante hechos que, con una apariencia de agitación político ideológica, se expresan como revueltas trasversales que carecen de liderazgos claros. El hartazgo de llegar al fin de mes con la cartera vacía, con cuentas interminables y con expectativas de vivir experiencias como una forma de acumular una riqueza intangible, provoca un contagio virulento que pasa por los dispositivos digitales.

En el fondo, estas olas de inconformidad son un cuestionamiento profundo respecto al modelo del buen vivir. Los movimientos que ponderan la felicidad como experiencia, que cuestionan la acumulación como método o la expansión religiosa en muchas partes del mundo han encontrado un caldo de cultivo en la desesperanza de muchas personas a pesar del progreso. La tentación de responder con la fuerza y el autoritarismo ante estos movimientos parece una trampa del destino, porque la inconformidad no va a parar a palos, sino que, por el contrario, puede hacerla crecer. Estas manifestaciones son posibles gracias a la vigencia de las libertades y en ese sentido son hijas del liberalismo, y al mismo tiempo ponen en riesgo la vigencia y expansión de estas mismas libertades. Por eso parece urgente atenderles y dialogar para encausar localmente el descontento.

La defensa de la libertad implica que las autoridades no pueden imponer a las personas una concepción determinada del buen vivir, o justificar las decisiones políticas prefiriendo una visión de lo que se considera excelencia humana a la sociedad, sino que cada uno tenga la capacidad y el espacio para decidir su modelo de vida, con respeto al de los demás.

La indignación detrás de estos movimientos habla de que en los hechos las autoridades imponen un modelo de vida que lesiona la libertad y la dignidad de las personas, haciendo pasar de la inconformidad a la indignación.

La conciencia del derecho a decidir el modelo de buen vivir ha llevado a escalar el debate sobre la igualdad, que es otra de las grandes causas de la inconformidad. Nunca, como hoy, la conciencia del derecho ha sido tan profunda y extensa a la vez. Por eso estas revueltas son luchas por la libertad que reclaman espacio a mecanismos igualitarios específicos en cada nación o comunidad.

El espectro se pasea por todas partes y habrá que atender a las causas del enojo defendiendo las libertades y los derechos, sin ellos la igualdad se vuelve una ilusión.

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